Qué es slow living y qué significa para mí

slow morning café y libro en la cama
Hace poco he añadido una nueva sección: Slow Living. Lo he escrito en inglés porque es como he conocido y me he acercado al término. Me he dado cuenta de que, poco a poco, estaba escribiendo sobre diferentes ideas que podían encajar bajo esta categoría y ahora quiero explicar qué es slow living para mí y por qué está en este blog.

¿Qué es slow living?

La traducción literal al castellano sería vivir despacio o, mejor aún, vivir sin prisa. Internet está lleno de posts, reportajes o imágenes de Instagram preciosas sobre #slowliving mucho más elocuentes que yo. En general, el término se asocia con ser conscientes del paso del tiempo, de disfrutar de hacer las cosas con calma, paladeando los detalles. También se asocia con cierta estética (muchos materiales orgánicos) y con un estilo de vida sostenible.

Slow living sería pues leer un libro en lugar de leer Twitter por 75.769 vez el mismo día, pasear para evitar los atascos, cocinar un bizcocho en lugar de cogerlo del súper, e incluso hay quien se confecciona su propia ropa en lugar de comprarla en tiendas. En definitiva, pisar el freno del día a día e intentar hacer las cosas durante el tiempo que requieran y no en menos. Cuantos menos atajos, mejor.

Para mí, este enfoque suponía cierta presión. Cuando empecé a leer y a interesarme sobre slow living pensaba que implicaba hacer las cosas “como Dios manda”. Por ejemplo, preparar tostadas con mermelada para desayunar en lugar de comer magdalenas de bolsa. O cambiar mis sábanas de Ikea por otras de lino ecológico hechas a mano (no es una exageración, es un ejemplo real). Mi problema era que cuando terminaba de hacer mis tostadas me las tenía que comer a toda prisa porque llegaba tarde a tabajar (madrugar más nunca fue una opción) y que, directamente, no me podía permitir unas sábanas muy por encima de mi presupuesto.

desayuno slow tostada con mermelada

El slow living para mí

La idea de slow living, de vida sencilla y pausada, que tenía en la cabeza era inalcanzable. No tenía sentido que el proceso de hacer las cosas “bien”, sin prisa, me quitase tiempo para disfrutar de ellas plenamente. En esas fotos tan inspiradoras de Instagram había muchos bodegones con platos perfectamente cocinados, pero no había ni una sola caja grasienta de pizza. ¡Y a mi me encanta la pizza! (de hecho, la pizza fue el alimento principal de Telmo durante su vida intrauterina).

Y esto me llevó a mi posición actual: para mí, slow living no tiene tanto que ver con hacer las cosas de una determinada manera, sino con disfrutarlas. Voy a seguir con el ejemplo de la comida porque para mí es de los más paradigmáticos, pero es que yo no suelo disfrutar cuando cocino. Sin embargo, me encanta comer en compañía. Por eso prefiero mil veces mi pizza tirada en el sofá charlando con mi marido a una cena riquísima cocinada con mimo y emplatada con amor.

Así que esto es el slow living para mí: identificar qué momentos son los que realmente disfruto, centarme en ellos e intentar dedicarles el mayor tiempo posible, al tiempo que intento vivir de forma cada vez más sostenible. ¿Os suena? No es tan instagrameable, pero sí más liberador.

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