Nuestro destete: cuando el destete es iniciado por el niño (parte I)

Amamantar y destete
Fotografía de Julia Puig Photography

La lactancia con T ha durado 14 meses y 6 días. Por motivos totalmente opuestos, si me lo hubieran contado durante sus primeros días de vida no me lo hubiera creído y, si me lo llegan a decir hace un mes, tampoco. La decisión de terminar ha sido suya y a mí me ha pillado totalmente desprevenida. Buscando información sobre destete casi todo lo que he encontrado se refiere al destete iniciado por la madre: cómo ponerlo en práctica, cómo gestionarlo, maneras de destetar por la noche… Apenas he encontrado referencias para casos como el mío, así que he decidido contar mi experiencia. Como es un texto muy largo, he decidido dividirlo en dos (aquí está la segunda parte).

El comienzo de nuestra lactancia

Los inicios de nuestra lactancia fueron duros para mí, pero mi hijo siempre lo tuvo clarísimo: era un adicto a la teta. Nació con tortícolis (gracias, fórceps) y con algo de frenillo. Lo primero lo acabamos solucionando con una osteópata maravillosa, pero lo segundo no. Aunque una vez pudo movilizar el cuello correctamente el agarre mejoró mucho, según varias asesoras de lactancia su succión seguía siendo “sub óptima”. Como el niño ganaba peso que daba gusto (ganó 1kg en las dos primeras semanas), su pediatra determinó que su frenillo debía de ser lo bastante elástico como para alimentarse bien y que no necesitaba cirugía. Para favorecer al máximo el buen agarre, al final acabé dando el pecho en postura biológica hasta que T tuvo unos cuatro o cinco meses. Rápidamente dejé de tener cualquier tipo de molestia, él seguía genial de peso y poco a probamos otras posturas.

Durante su primer mes de vida a T no le ofrecí ningún chupete, siguiendo las instrucciones habituales, para no interferir en la lactancia. Cuando ese primer mes pasó me di cuenta de que tampoco quería ofrecérselo. Entendía su utilidad para cubrir la necesidad de los bebés de succión no nutritiva, pero yo prefería que me hijo usara el pecho. Resultado: se pasaba horas enganchado. Día y noche, y día tras día. Ya fuera para comer, para calmarse, para dormir, por aburrimiento… la teta siempre estaba ahí. Si alguna vez yo necesitaba darle el pecho sin que él lo hubiera pedido, nada más ofrecérselo se tiraba como un loco. Éramos una pareja de lactancia feliz.

Con la alimentación complementaria no cambió nada. T tardó meses en mostrar interés por la comida y apenas tomó otra cosa que no fuera leche materna hasta los 11 meses. Sí, a menudo probaba los trozos que le dábamos (pero no siempre) y en la guardería se comía el puré que le daba su profesora, pero en casa vivía a base de teta y nada más.

Nuestro proceso de destete

Un buen día mi hijo descubrió que le flipa la comida. Creo que esta expresión es muy gráfica y os podéis hacer una idea de la cara de felicidad y disfrute que pone cuando come. Coincidió con su primer cumpleaños y con sus primeros pasos y, como veníamos de que apenas probara bocado, nos alegramos mucho. Ahora sí que se comía los trozos que le poníamos delante, manejaba solo la cuchara sin problema, empezaba a usar el tenedor… una maravilla.

Poco a poco me di cuenta de que estaba reduciendo tomas. Yo nunca las había contado, pero sí que noté que dejaba de pedir en situaciones en las que antes demandaba siempre. No le di importancia. Las semanas pasaron y él redujo las tomas un poquito más. Ahí me empecé a preocupar por si podía estar tomando poca leche, pero la pediatra me tranquilizó. Si os fijáis, todo el rato hablo de que “redujo tomas”, pero no de “destete”. A mí no se me había pasado por la cabeza que lo que tenía delante era el comienzo del fin de nuestra lactancia. En mi cabeza aquella situación de menor demanda se prolongaría todavía muchísimos meses. Llegaríamos a los dos años mínimos de lactancia materna que recomienda la OMS y quién sabe cuánto tiempo más. En mi mente, en algún momento muy lejano yo me cansaría de dar el pecho y querría quitárselo. Entonces T lo pasaría mal y debíamos de estar preparados. Incluso había empezado a hablar con mi marido sobre poner en marcha el plan padre para intentar reducir algunas tomas nocturnas en el futuro.

Fotografía de Julia Puig Photography

Así las cosas, T dio el siguiente paso: se destetó de noche. Mi hijo siempre había dormido rematadamente mal para los estándares adultos y, en cada despertar, reclamaba el pecho. Una noche conté hasta 13 tomas, más las que olvidé sumar. En las últimas semanas pedía una o dos veces porque solo se despertaba una o dos veces. Su padre y yo estábamos encantados. Cuando pilló una gastroenteritis hubo un par de noches que no quiso pecho y lo achacamos a la enfermedad, pero en el momento nos quedamos alucinados. Cuando se recuperó volvió a la normalidad, hasta que otra noche volvió a no pedir. En lugar de engancharse, como siempre, quería que le abrazara. Esta situación se repitió de forma esporádica hasta que un día se convirtió en la norma. De hecho, T llevaba cuatro días sin pedir teta por la noche y haciendo una sola toma al día antes de destetarse por completo. Aún así, yo seguía sin verlo venir.

La última toma de mi hijo fue un viernes por la mañana y él me mordió. Entonces yo hice algo de lo que no me he podido arrepentir más: di un respingo y una especie de grito. T se asustó y creo que se sintió herido. Yo le pedí disculpas y le expliqué lo que había pasado. Le tranquilicé y todo parecía normal. No era la primera vez que me mordía, aunque sí era raro. Y ya está. Nunca más volvió a mamar.

Me di cuenta de que algo iba mal cuando pasaron 24h y él no pedía. Le ofrecí teta, puso la boca y se soltó al segundo, sin succionar siquiera. Se la seguí ofreciendo durante varios días de diferentes maneras y en distinos momentos, y siempre decía que no. Si intentaba cogerle como lo hacía antes para mamar, se enfadaba. Si no le decía nada pero le dejaba el pecho accesible, pasaba de él o me lo tocaba igual que me metía el dedo en el ombligo. No parecía darle más importancia a que cualquier otra parte de mi cuerpo.

Unos tres días después de la última toma descubrí que existen las huelgas de lactancia o falsos destetes. Estoy convencida de que eso es lo que nos pasó a nosotros: mi hijo hizo huelga porque se sintió triste y herido cuando yo grité, y por eso no quería mamar. Sin embargo, quiero pensar que si no pudimos darle la vuelta a la situación es porque también estaba preparado para dar el último paso y poner punto final.

¿Cómo me sentí yo? La vorágine de sentimientos que tuve que navegar después da para otro post que puedes leer aquí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

seis + 7 =