Mi historia de parto (inducido). Así nació el Pequeño T

Historia parto inducido
Si pienso en el parto que me hubiera gustado tener, o que me imaginaba, mi parto fue una mierda con final feliz. Incluso guardo un buen recuerdo general. Antes de entrar en más detalles, aclaro que voy a contarlo para cerrar del todo este capítulo de madre primeriza en el que, sin querer, se han convertido los últimos posts del blog. Creo que es el cierre adecuado.

Aunque lo que voy a contar es una experiencia enteramente personal, es muy largo, no hay fotos y a nadie le interesa, leí muchas historias de parto antes de dar a luz y me ayudaron a desdramatizar el proceso cuando llegó el momento. Es más, ya ingresada, me recuerdo a mí misma caminando de un lado para otro buscando y leyendo historias sobre el Propress y me hago gracia mí misma. Así que, si de rebote, alguna vez esto cae en manos de una futura madre en una situación parecida a la mía: bievenida, gracias por leerme y tranquila. Todo salió bien.

Comenzamos: parto inducido

No sé qué es ponerme de parto. Me pasé 9 meses dándole vueltas, he tenido un hijo y no tengo ni dea de cómo es ponerse de parto. En cierta forma, pienso que me perdí algo importante que no voy a poder recuperar y ni siquiera hoy tengo claro cómo me siento al respecto. Cuando te quedas embarazada pasas mucho tiempo pensando en el parto (sobre todo esas últimas e interminables semanas) y, cuando la fecha probable de parto llega y pasa de largo, la ansiedad es a ratos difícil de manejar.

Por protocolo, en mi comunidad autónoma no iban a dejar que el embarazo llegase a las 42 semanas, así que me programaron una inducción en la semana 41 por si el Pequeño T no se animaba a salir. Y no se animó.

Ingresé en el hospital un lunes muy temprano, muerta de sueño pero ilusionada por conocer a mi hijo. Sabía que sería un proceso lento, pero no esperaba que tanto. Resulta que tenía el cuello del útero intacto y no estaba dilatada en absoluto. Vamos, un O como una catedral en el test de Bishop. Así, es muy normal que las cosas acabaran como terminaron: en un parto instrumental.

Al menos en el hospital donde yo di a luz, el procedimiento de una inducción es el siguiente: te administran prostaglandinas (el Propress del que he hablado antes es su nombre comercial), una medicación intravaginal cuya función final es inducir el trabajo de parto; si en 24h el parto no ha comenzado, retiran las prostaglandinas y pasan a inducir las contracciones con oxitocina sintética intravenosa. Esto es lo que me pasó a mí. Tras casi un día con contracciones poco productivas (vamos, que aquello no arrancaba de ninguna de las maneras), terminaron llevándome a un paritorio a todo correr porque, en una de las monitorizaciones, vieron que el corazón de el Pequeño T hacía cosas que no debería hacer.

Una vez comprobado que aquello iba a quedar en un susto, me colocaron permanentemente las correas de monitorización y empezaron a administrar oxitocina poco a poco para asegurarse de que tanto yo como el bebé tolerábamos bien las contracciones artificiales (lo normal es que las contracciones sean naturales, la oxitocina la segregue el cuerpo de la madre y, además, segregue también endorfinas que actúan como analgesia natural y que llegan tanto a madre como a bebé). Pasaron algunas horas (no recuerdo cuántas), pero aquello seguía sin arracar. Fue entonces cuando decidieron romper la bolsa amniótica. A partir de ahí las cosas empezaron a intensificarse bastante (traducción: j*d*r, qué dolor).

Arrancamos: bendita epidural

Como oxitocina yo tenía un rato, pero las endorfinas brillaban por su ausencia, en cuanto las contracciones empezaron a salirse del gráfico del monitor (porque se salían) pedí la epidural y rapidito. Confieso que tengo un nivel de tolerancia del dolor bastante bajo, pero de verdad admiro a todas y cada una de las mujeres que son capaces de sobrellevar una inducción sin analgesia epidural (aunque sospecho que no son demasiadas…).

Aunque yo no habría podido parir sin epidural, me tocó lidiar con varios de sus efectos secundarios (temblores, náuseas y vómitos…), pero me dio la posibilidad de descansar. No sé cuánto dormí, pero dormí. Esas horas se me pasaron entre siestas muy cortas, sueños rarísimos, retazos del podcast que me había llevado, conversaciones con mi marido y que soy incapaz de recordar, y revisiones periódicas por parte de mi matrona. Ella venía bastante a menudo porque el monitor perdía la señal del corazón de el Pequeño T, hasta que decidieron colocar monitorización interna, pegada a la cabeza del bebé.

En algún momento, durante una de las revisiones, me dijeron que estaba totalmente dilatada. En total, desde que empezaron a administrar la oxitocina hasta ese momento, pasaron unas 6 horas. El plan entonces sería el siguiente: esperaríamos 2 o 3 horas para que el bebé descendiese lo suficiente como para empezar a empujar, aunque ya podía empezar con algunos pujos cuando tuviera contracciones. Una vez más, el plan no se cumplió.

Como teóricamente aún faltaba bastante para que el Pequeño T naciese, mi marido aprovechó para salir del paritorio e ir al cuarto de baño. En cuanto cerró la puerta aquello se llenó de personal médico. Yo estaba sola rodeada de extraños que me decían que el corazón de mi bebé estaba fallando otra vez y que no podían esperar para sacarle. Tenía que nacer ya.

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El nacimiento: uno de los momentos más surrealistas de mi vida

¿Dónde está mi móvil? Manda un mensaje de móvil al padre. ¿Llegará a tiempo?, ¿se lo va a perder? Después de tanto tiempo pensando en este momento, ¿me tocará hacer esto sola?. Anda, por ahí aparece un carro con equipamiento médico y lo que parece un cascanueces gigantes. Oh, parece que es el fórceps. Eh… ¿de verdad van a meterme eso? Ppero, pero, pero ¿cuánto van a tener que cortarme para poder introducir esa cosa gigante? Menos mal, ahí aparece mi marido, pero tendrá que esperar fuera hasta que hayan hecho la episiotomía (el corte), hayan metido el fórceps y hayan conseguido sacar fuera la cabeza del bebé. Bendita matrona que está a mi lado tranquilizándome mientras ahí abajo me hacen la escabechina del siglo. Cuánta sangre. Ahí van con el cascanueces gigante. Madre mía, lo que estarán haciendo. Fuera cascanueces. Agárrate porque me piden que empuje (¿que empuje? ¿pero todavía hace falta empujar después de lo que acaban de hacer?). Respira o nosequé y empuja. Empuja y, mira, un montón de sangre por todas partes y una cabeza. Cuánto pelo tiene. Anda, ahí a la derecha está mi marido; ya han debido de dejarle pasar y me mira, mira la cabeza y alucina. Empuja otra vez. Me han puesto a un bebé encima. Una señora se avalanza sobre el bebé (luego supe que era neonatóloga y que estaba comprobando que el niño estaba bien). Tengo a un bebé encima, cubierto de sangre y vérnix, y que no para de mirarme. Creo que mi marido llora. ¿Por qué yo no lloro? ¿No debería llorar? ¿No debería estar tremendamente emocionada? Ahí abajo siguen trabajando. Me dicen que la episiotomía se ha desgarrado hacia el ano, pero que no me preocupe, que le músculo está intacto. Vale, no me preocupo. O sí. Igual sí me preocupo: ¿qué clase de suelo pélvico me va quedar después de esto? Me acuerdo de que no me he acordado sobre si durante el expulsivo, aparte de un bebé, también he expulsado heces (con la de vueltas que le di al tema del enema durante el parto, aunque al final, decidí no pedirlo). Pues resulta que era verdad: llegado el momento el tema no te puede dar más igual. El bebé que tengo encima me sigue mirando. Es mío. Es mi bebé. Es mi hijo. Al que llevaba esperando tanto tiempo. ¿No debería sentirme más feliz? ¿No debería sentir que este es el momento más feliz de mi vida? ¿Por qué no lo siento? ¿Por qué narices estoy preocupada por los puntos que me están dando en vez de pensar sólo en mi bebé? ¿Qué me pasa? ¿Soy una mala persona? ¿Soy una mala madre? Pregunto por la placenta y me dicen que hace rato que salió. Igual no soy tan mal mala madre y he estado más concentrada en mi bebé de lo que yo pensaba. Igual.

El final

Después, se suponía que madre y bebé nos quedaríamos 2h solos en el paritorio, piel con piel, con el padre junto a nosotros y con asisencia de la matrona, que nos ayudaría a iniciar la lactancia. Aquello, como todo lo demás que se suponía iba a ocurrir, tampoco pasó. Había más parturientas que paritorios y terminamos el piel con piel en la habitación, ya en planta.

Si me hubieran preguntado antes de parir, nada de lo que pasó estaba entre mis deseos: no quería oxitocina sintética, ni rotura de la bolsa, ni monitor interno, ni episiotomía… Llegado el momento, algunas de las cosas por las que pasé fueron necesarias y otras no lo fueron en absoluto. Lo que hice al respecto ahora queda entre el servicio de atención al paciente del hospital y yo. Sea como sea, Pequeño T (porque algún día espero que tú también leas esta parrafada), esta es nuestra historia, la de cuando por fin nos vimos las caras después de 9 meses de conocernos. No es la historia de parto más bonita del mundo, pero es la nuestra.

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